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Jueves 23 de noviembre de 2017     enestahora@outlook.com

En Esta Hora - Sor Juana Inés de la Cruz
Sor Juana Inés de la Cruz
Primero Sueño

-Fragmento-

Piramidal, funesta de la tierra

nacida sombra, al cielo encaminaba

de vanos obeliscos punta altiva,

escalar pretendiendo las estrellas;

si bien sus luces bellas

exentas siempre, siempre rutilantes,

la tenebrosa guerra

que con negros vapores le intimaba

la vaporosa sombra fugitiva

burlaban tan distantes,

que su atezado ceño

al superior convexo aún no llegaba

del orbe de la diosa

que tres veces hermosa

con tres hermosos rostros ser ostenta;

quedando sólo dueño

del aire que empañaba

con el aliento denso que exhalaba.

Y en la quietud contenta

de imperio silencioso,

sumisas sólo voces consentía

de las nocturnas aves

tan oscuras tan graves,

que aún el silencio no se interrumpía.

Sor Juana Inés de las Cruz, nació un 12 de noviembre de 1648-1651, en San Miguel Nepantla, de la región de Chalco, hoy Estado de México. Fue la segunda de tres hijas, sus padres

nunca se unieron en matrimonio “legítimo”, Sor Juana al saberse hija “ilegítima”, trató de ocultarlo, más sin embargo en su testamento de 1669, apunta: “hija ilegítima de don Pedro de Asbaje y Vargas, difunto, y de doña Isabel Ramírez”. Su madre, en principio, también lo negó, pero en un testamento fechado en 1687 reconoce que todos sus hijos, incluyendo a Sor Juana, fueron concebidos sin casamiento civil o religioso.

De niña Juana Inés de la Cruz pasó su infancia entre la hacienda de su abuelo materno llamada Panoayan, en Amecameca, así como en Nepantla. Allí aprendió náhuatl con los esclavos de la hacienda de su abuelo, donde se sembraba trigo y maíz. Aprendió a leer y escribir a los tres años de edad, al tomar las lecciones con su hermana mayor. Inició su gusto por la lectura, gracias a que descubrió la biblioteca de su abuelo Pedro Ramírez, y se aficionó a los libros. Leyó a los clásicos griegos y romanos, y la teología desarrollada en esa época. Su afán por saber era tan fuerte que intentó convencer a su madre a los siete años de edad, de que la enviase a la Universidad disfrazada de hombre, debido a que las mujeres no podían acceder a ella. Sus biógrafos narran, que al estudiar una lección, si no la había aprendido correctamente, se cortaba un pedazo de su cabello, pues no le parecía bien que la cabeza estuviese cubierta de hermosuras si carecía de ideas. A los ocho años de edad, entre 1657 y 1659, ganó un libro por una loa compuesta en honor al Santísimo Sacramento, según cuenta su biógrafo y amigo Diego Calleja.

Entre 1664 y 1665, ingresó a la corte del virrey Antonio Sebastián de Toledo, marqués de Mancera. La virreina, Leonor de Carreto, se convirtió en una de sus más importantes apoyos. El ambiente y la protección de los virreyes marcaron decisivamente la producción literaria de Juana Inés. Por entonces, ya era conocida su inteligencia y sagacidad, pues por instrucciones del virrey, un grupo de sabios humanistas la evaluaron, y Sor Juana Inés superó el examen en excelentes

condiciones. Su prodigiosa inteligencia, se sustentó ante 40 doctores en Teología, Filosofía y Humanidades.

La corte virreinal era uno de los lugares más cultos e ilustrados del virreinato, en donde se celebraban tertulias a las que acudían teólogos, filósofos, matemáticos, historiadores, entre otros estudiosos de las humanidades.

Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, conocida como Sor Juana Inés de la Cruz, fue una religiosa de la Orden de San Jerónimo y escritora novohispana, exponente del Siglo de Oro de la literatura en español. Cultivó la lírica, el auto sacramental y el teatro, así como la prosa. Con muy temprana edad, aprendió a leer y a escribir. Perteneció a la corte de Antonio de Toledo y Salazar, marqués de Mancera y veinticinco virrey novohispano. En 1669, por anhelo de conocimiento, ingresó a la vida monástica. Sus más importantes respaldos fueron los virreyes De Mancera, el Arzobispo virrey, Payo Enríquez de Rivera y los marqueses de la Laguna de Camero Viejo, virreyes también de la Nueva España, quienes publicaron los dos primeros tomos de sus obras en la España peninsular. Gracias a Juan Ignacio María de Castorena Ursúa y Goyeneche, obispo de Yucatán, se conoce la obra que Sor Juana tenía inédita cuando fue condenada a destruir sus escritos. Él la publicó en España.

Sor Juana Inés de la Cruz ocupó, junto con Juan Ruiz de Alarcón y Carlos de Sigüenza y Góngora, un destacado lugar en la literatura novohispana. En el campo de la lírica, su trabajo se adscribe a los lineamientos del barroco español en su etapa tardía. La producción lírica de Sor Juana, que supone la mitad de su obra, es un crisol en donde convergen la cultura de una Nueva España en apogeo, el culteranismo de Góngora y la obra conceptista de Quevedo y Calderón.

Su obra dramática va de los religioso a lo profano. Siendo las más destacables en este género: Amor es más laberinto, Los empeños de una casa y una serie de autos sacramentales concebidos para representarse en la corte.

Primero sueño

-continúa fragmento-

El sueño todo, en fin, lo poseía:

todo, en fin, el silencio lo ocupaba;

aun el ladrón dormía:

aun el amante no se desvelaba:

El conticinio casi ya pasando

Iba y la sombra dimidiaba, cuando

De las diurnas tareas fatigados

Y no sólo oprimidos

del afán ponderosos

del corporal trabajo, más cansados

del deleite también; que también cansa

objeto continuado a los sentidos

aún siendo deleitoso;

que la naturaleza siempre alterna

ya una, ya otra balanza,

distribuyendo varios ejercicios,

ya al ocio, ya al trabajo destinados

en el fiel infiel con que gobierna

la aparatosa máquina del mundo;

así pues, del profundo

sueño dulces los miembros ocupados,

quedaron los sentidos

del que ejercicio tiene ordinario

trabajo, en fin, pero trabajo amado

-si hay amable trabajo-

si privados no, al menos suspendidos.

Y cediendo al retrato del contrario

de la vida que lentamente armado

cobarde embiste y vence perezoso

con armas soñolientas,

desde el cayado humilde al cetro altivo

sin que haya distintivo

que el sayal de la púrpura discierna;

pues su nivel, en todo poderoso,

gradúa por exentas

a ningunas personas,

desde la de a quien tres forman coronas

soberana tiara

hasta la que pajiza vive choza;

desde la que el Danubio undoso dora,

a la que junco humilde, humilde mora;

y con siempre igual vara

(como en efecto imagen poderosa de la muerte)

Morfeo

El sayal mide igual con el brocado.

El alma, pues, suspensa

del exterior gobierno en que ocupada

en material empleo,

o bien o mal da el día por gastado,

solamente dispensa,

remota, si del todo separada

no, a los de muerte temporal opresos,

lánguidos miembros, sosegados huesos,

los gajes del calor vegetativo,

el cuerpo siendo, en sosegada calma,

un cadáver con alma,

muerto a la vida y a la muerte vivo,

de lo segundo dando tardas señas

el de reloj humano

vital volante que , sino con mano,

con arterial concierto, una pequeñas

muestras, pulsando, manifiesta lento

de su bien regulado movimiento.

Alma y espiritualidad, energía poética, juicio y deseo de infancia, voluntad, fuerza, designio, brevedad de la vida, conmiseración a los semejantes, delirio misógino de la levedad del ser.

Así, Sor Juana Inés de la Cruz, nació y vivió, aún sin el “casamiento” religioso o civil de sus padres, sino de la voluntad del ser humano, del instinto, del amor, de la atracción, de la pasión, que asusta. Ella misma era pecado y pecadores existencialistas los otros, existió y vivió; corsé de fuerza religiosa que peca ante la negación del amor creador de la vida y de la existencia.

A las cuatro de la mañana del 17 de abril de 1695, cuando tenía cuarenta y tres años de edad, Juana Inés de Asbaje Ramírez, murió en el Convento de San Jerónimo a causa de una epidemia desatada. Dejó 180 volúmenes de obras selectas, muebles, una imagen de la Santísima Trinidad y un niño Jesús. Lo cual fue otorgado a su familia, con excepción de las imágenes que antes de fallecer ella misma había entregado al arzobispo.

Fue sepultada el día de su muerte, con asistencia del cabildo de la catedral. El funeral fue presidido por el canónigo Francisco de Aguilar y la oración fúnebre fue realizada por Carlos de Sigüenza y Góngora.

En la lápida se colocó la siguiente inscripción: “En este recinto que es el coro bajo y entierro de las monjas de San Jerónimo fue sepultada Sor Juana Inés de la Cruz el 17 de abril de 1695”.

Las trampas de la fe

Octavio Paz Ante la fascinación de la figura de Sor Juana Inés de la Cruz, crea esta obra de imponentes proporciones, en donde persiste la convicción de que la vida y el legado de la poetisa, son comprensibles ante el enigma de la renuncia a la palabra, porque el silencio final alude a un espacio de lo indecible, suprimidas estas; las palabras, por fundamentos políticos, religiosos y morales de una sociedad sometida por el control alienado de las estructuras que ejercen el poder por

sometimiento cognitivo, provocando consecuencias ineludibles de transgresión a las más elementales libertades del pensamiento.

De esta manera Octavio Paz, articula con profunda claridad la obra y su historia, en el tejido social en que se desenvuelve la autora, y trata de interpretar las compenetraciones de los vasos comunicantes que le permitieron desarrollarse en una actitud ecléctica que fluctúa entre el psicoanálisis, estilística, formalismo y contextualismo de la época.

Las trampas de la fe de Octavio Paz, otorga la oportunidad de poder descubrir a Sor Juana Inés de la Cruz, desde la perspectiva acuciosa de la mirada del siglo pasado y de este.

Paz, provoca un libro impecablemente escrito, con amplitud de las descripciones ofrecidas y por la sensibilidad de las lecturas de la poesía de la monja. Se trata de una obra apasionada y apasionante, escrita por un poeta sobre la vida y obra de otro poeta.

Octavio Paz se identifica en Las trampas de la fe. Sus rasgos esenciales en la obra y vida de Sor Juana Inés, en la rigurosa pasión por el conocimiento y la obstinada independencia intelectual.